lunes, 4 de noviembre de 2013


Rojo

 

 Sus ojos se abrieron más de lo normal; se sentía totalmente pegajoso y caliente, con un olor ligeramente a oxido que penetraba de forma muy desagradable; como para desear no tener olfato. Era sangre; estaba bañado en sangre; fresca o más bien tibia. Cálida sangre, signo de vida; pero esta vez era de muerte, y él, estaba empapado de esa sangre que no le pertenecía.

      Se había quedado mudo por la sorpresa, a penas despertaba del sueño que pesadamente se había apoderado de su conciencia; sólo para verse lleno de esa sangre que se empezaba a tornar pegajosa y muy incomoda. La sorpresa empezaba a pasar, no así el miedo de descubrir de dónde podía venir tanta sangre; que lo había convertido, en muy poco tiempo, en un hombre “carmesí”. Así pues, el hombre “rojo” comenzó a salir de su refugio nocturno, que en esa ocasión le tocó ser una coladera; empujó la tapa con cuidado, intentando no hacer más ruidos de los necesarios; asomó la roja cabeza y se dio cuenta que estaba dentro de un cuartucho en penumbras. A pesar de la escasez de luz, pudo distinguir varias cosas…

       ¡Un bulto enorme!; comparado consigo mismo; unas cadenas, varios cuchillos, tablas y ganchos de fierro, grandes y filosos. Del bulto salían varios ríos miniatura que tenían la misma dirección; hacia la coladera-refugio, esa fue la causa del “baño” tan desagradable que había sufrido. Salió; ya había visto que no había nadie más y se acercó al bulto para poder verlo con un poco más de calma, pero con el mismo sentimiento de asombro. Empezó a inspeccionar el cuerpo no tan inerte, porque aún sufría pequeñas contracciones de los músculos que se resistían a morir; como le sucede a todo ser al cual la muerte le toma la vida antes de tiempo.

       ¡Sí!, ¡estaba muerto!; pero aún se movía un poco, ¡Sí!, ¡estaba muerto!; ¿Y cómo no iba a estarlo?, ¡si tenía partido el corazón!; alguna hoja metálica, larga y filosa lo había encontrado para cortar su vida. ¡Pero no sólo eso lo hubiera matado!; las múltiples heridas hechas en su piel habían provocado una salvaje fuga de sangre, que también lo habían vuelto rojo, pero de su propia sangre. Se apreciaba todavía joven, pero ahora yacía ahí muerto; en balde su gran tamaño y fortaleza; y todo el brío de su ser, porque ese fue su peor enemigo; lo que lo llevó a ese lugar, a ese circulo de muerte para satisfacción de otros cuya humanidad se podría poner en duda por su engañosa apariencia.

       De repente se empezaron a oír gritos que no se podían definir; entre asombro, orgullo, coraje y salvajismo que  hicieron que volteara hacia lo que parecía la entrada de una cueva o un calabozo, después aplausos; y el “segundo” de la tarde, por lo que alcanzó a oír…

       Buscó un lugar en donde esconderse; procurando que éste no fuera la regadera de sangre. Se escondió detrás de unas tablas y poco después llegaba “el segundo”, tan grande como “el primero”, encadenado y arrastrado por caballos de manera inmisericorde; dejando tras de sí, una nueva y brillosa senda de sangre. Sin que apareciera ningún sentimiento en el rostro de los hombres que guiaban a los caballos; estos se apresuraron a liberar el segundo cuerpo de las cadenas, quizás porque no querían perderse lo que sucedía afuera, y salieron rápidamente sin preocuparse si hubiese o no hubiese testigos de sus actos.

       Ya un poco más en silencio, salió nuevamente para observar al “segundo”. Un magnífico ejemplar; muy similar al “primero”, y al igual que este, con el mismo tipo de heridas; sólo un poco más frescas. “Ni remedio”, nada se podía hacer; sintió tristeza y frustración, dos magníficos ejemplares de la naturaleza asesinados de manera cruel y despiadada; sin más pecado que ser buenos ejemplares, fuertes y briosos, y ahora, sin el menor respeto; eran dos bultos de carne torturada con saña, desangrándose en un cuarto insalubre.

       Más tarde –imaginó- serán despedazados por los cuchillos y terminarán en una carnicería “si bien les va” o en la panza de algún perro. Estaba en estas cavilaciones cuando nuevos gritos de la chusma que se encontraba enardecida, lo hizo voltear nuevamente hacia la entrada de la “cueva”. Su ceño se frunció ante tanta alegría insana de esos “seres” que dominan al mundo; que se creen “superiores” y se divierten masacrando animales indefensos o ensuciando su auto-nombre de “humanos”; pero ¿qué puede hacer un hombre tan pequeño ante tal situación?... ¡NADA!, irremediablemente nada; ahí, pero afuera “algo”, quizás; no mucho pero sí algo…

       Así que decidió salir por la misma coladera que le permitió la entrada a ese lugar de muerte; buscó un poco de agua para lavar sus ropas que se habían manchado con sangre; porque un hombre con sangre encima sí impresiona, no así un pobre “buey” claveteado por un tipo con disfraz de cirquero presumido o especie de payaso.

       ¿Qué hacer ante tal salvajismo?; la verdad es que no se puede acabar con el mal de tajo, y menos si éste, de por sí, ya tardó muchos años en implantarse; pero se puede enseñar con el ejemplo a las nuevas generaciones que nos suceden, a respetar un poco la vida de todos los seres que comparten con nosotros este espacio-tiempo. ¡Tenemos que alimentarnos!, ¡Sí!; pero un poco de dignidad hacia los seres que nos alimenta talvez nos harían un poco más “humanos”; perdón, quise decir “justos”.

 

Joaquín Torres Pérez    

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