Rojo
Sus ojos se abrieron
más de lo normal; se sentía totalmente pegajoso y caliente, con un olor
ligeramente a oxido que penetraba de forma muy desagradable; como para desear
no tener olfato. Era sangre; estaba bañado en sangre; fresca o más bien tibia.
Cálida sangre, signo de vida; pero esta vez era de muerte, y él, estaba
empapado de esa sangre que no le pertenecía.
Se había
quedado mudo por la sorpresa, a penas despertaba del sueño que pesadamente se
había apoderado de su conciencia; sólo para verse lleno de esa sangre que se
empezaba a tornar pegajosa y muy incomoda. La sorpresa empezaba a pasar, no así
el miedo de descubrir de dónde podía venir tanta sangre; que lo había
convertido, en muy poco tiempo, en un hombre “carmesí”. Así pues, el hombre
“rojo” comenzó a salir de su refugio nocturno, que en esa ocasión le tocó ser
una coladera; empujó la tapa con cuidado, intentando no hacer más ruidos de los
necesarios; asomó la roja cabeza y se dio cuenta que estaba dentro de un
cuartucho en penumbras. A pesar de la escasez de luz, pudo distinguir varias
cosas…
¡Un bulto enorme!; comparado consigo mismo;
unas cadenas, varios cuchillos, tablas y ganchos de fierro, grandes y filosos.
Del bulto salían varios ríos miniatura que tenían la misma dirección; hacia la
coladera-refugio, esa fue la causa del “baño” tan desagradable que había
sufrido. Salió; ya había visto que no había nadie más y se acercó al bulto para
poder verlo con un poco más de calma, pero con el mismo sentimiento de asombro.
Empezó a inspeccionar el cuerpo no tan inerte, porque aún sufría pequeñas
contracciones de los músculos que se resistían a morir; como le sucede a todo
ser al cual la muerte le toma la vida antes de tiempo.
¡Sí!,
¡estaba muerto!; pero aún se movía un poco, ¡Sí!, ¡estaba muerto!; ¿Y cómo no iba
a estarlo?, ¡si tenía partido el corazón!; alguna hoja metálica, larga y filosa
lo había encontrado para cortar su vida. ¡Pero no sólo eso lo hubiera matado!;
las múltiples heridas hechas en su piel habían provocado una salvaje fuga de
sangre, que también lo habían vuelto rojo, pero de su propia sangre. Se
apreciaba todavía joven, pero ahora yacía ahí muerto; en balde su gran tamaño y
fortaleza; y todo el brío de su ser, porque ese fue su peor enemigo; lo que lo
llevó a ese lugar, a ese circulo de muerte para satisfacción de otros cuya
humanidad se podría poner en duda por su engañosa apariencia.
De
repente se empezaron a oír gritos que no se podían definir; entre asombro,
orgullo, coraje y salvajismo que hicieron que volteara hacia lo que parecía la
entrada de una cueva o un calabozo, después aplausos; y el “segundo” de la
tarde, por lo que alcanzó a oír…
Buscó un
lugar en donde esconderse; procurando que éste no fuera la regadera de sangre.
Se escondió detrás de unas tablas y poco después llegaba “el segundo”, tan
grande como “el primero”, encadenado y arrastrado por caballos de manera
inmisericorde; dejando tras de sí, una nueva y brillosa senda de sangre. Sin
que apareciera ningún sentimiento en el rostro de los hombres que guiaban a los
caballos; estos se apresuraron a liberar el segundo cuerpo de las cadenas,
quizás porque no querían perderse lo que sucedía afuera, y salieron rápidamente
sin preocuparse si hubiese o no hubiese testigos de sus actos.
Ya un
poco más en silencio, salió nuevamente para observar al “segundo”. Un magnífico
ejemplar; muy similar al “primero”, y al igual que este, con el mismo tipo de
heridas; sólo un poco más frescas. “Ni remedio”, nada se podía hacer; sintió
tristeza y frustración, dos magníficos ejemplares de la naturaleza asesinados
de manera cruel y despiadada; sin más pecado que ser buenos ejemplares, fuertes
y briosos, y ahora, sin el menor respeto; eran dos bultos de carne torturada
con saña, desangrándose en un cuarto insalubre.
Más tarde
–imaginó- serán despedazados por los cuchillos y terminarán en una carnicería
“si bien les va” o en la panza de algún perro. Estaba en estas cavilaciones
cuando nuevos gritos de la chusma que se encontraba enardecida, lo hizo voltear
nuevamente hacia la entrada de la “cueva”. Su ceño se frunció ante tanta
alegría insana de esos “seres” que dominan al mundo; que se creen “superiores”
y se divierten masacrando animales indefensos o ensuciando su auto-nombre de
“humanos”; pero ¿qué puede hacer un hombre tan pequeño ante tal situación?...
¡NADA!, irremediablemente nada; ahí, pero afuera “algo”, quizás; no mucho pero
sí algo…
Así que
decidió salir por la misma coladera que le permitió la entrada a ese lugar de
muerte; buscó un poco de agua para lavar sus ropas que se habían manchado con sangre;
porque un hombre con sangre encima sí impresiona, no así un pobre “buey”
claveteado por un tipo con disfraz de cirquero presumido o especie de payaso.
¿Qué
hacer ante tal salvajismo?; la verdad es que no se puede acabar con el mal de
tajo, y menos si éste, de por sí, ya tardó muchos años en implantarse; pero se
puede enseñar con el ejemplo a las nuevas generaciones que nos suceden, a
respetar un poco la vida de todos los seres que comparten con nosotros este
espacio-tiempo. ¡Tenemos que alimentarnos!, ¡Sí!; pero un poco de dignidad
hacia los seres que nos alimenta talvez nos harían un poco más “humanos”;
perdón, quise decir “justos”.
Joaquín Torres
Pérez
No hay comentarios:
Publicar un comentario