viernes, 8 de noviembre de 2013


Ficción dos

(Un guerrero gordo y una curandera)

 

La ignorancia no se parece a la obscuridad; la obscuridad se parece a un sin sentido de las cosas que nos rodean y la ignorancia semeja más a una bruma que deja ver pero no con claridad. No con la claridad deseada, el sentido de las cosas que nos rodean; el sentido del todo…

    

(Antes) “Le dio la espalda al amor y emprendió su lucha contra el siguiente enemigo que ya lo esperaba con ansias”: La ignorancia.

       

(Ahora) “El camino no se veía; había que extender las manos para poder sentir algo que diera confianza y permitiera el avance; otros, muchos otros ya habían intentado vencer a la ignorancia y sólo unos cuantos pudieron hacer que sus nombres fueran recordados en los libros de historia, convirtiéndose a la vez una letanía obligada, repetida por todos, siempre desde pequeños; para que todos supiéramos que sólo los triunfadores tienen derecho a dejar huella en la memoria de los demás, y siempre serán pocos comparados con la increíble ignorancia que nos envuelve; ¿y los demás o casi todos?... ¿qué?... Polvo en el camino y una advertencia para todo aquel que quiera intentar”.

      

El guerrero vencido había quedado muy cansado por el enfrentamiento que tuvo con el Amor; así qué, cuando emprendió su lucha contra la ignorancia, no se dio cuenta que desde el primer paso la ignorancia ya lo había rodeando. Creyó que esa bruma era parte del paisaje que a veces ofrece este mundo y; cuando ya no pudo ver el camino a seguir, decidió descansar; porque pensaba que se lo merecía; así que cerró los ojos un momento y se quedó dormido. Es interesante el sueño porque el cuerpo queda inerte, vulnerable; pero al mismo tiempo recupera fuerzas perdidas y hasta se reconstruye; mientras sucede esto, otro efecto también sucede durante el sueño; la mente, por así decirlo, se separa del cuerpo y viaja en un espacio diferente; un espacio donde no pueden existir cuerpos ni ninguna otra materia; porque simplemente no hay lugar para ellos.

       Es gracioso que no puedan existir cuerpos en los sueños; cuando son los cuerpos los que generan los sueños; pero a la vez, los cuerpos sin sueños no tendrían un “porqué” existir. Sin cuerpos simplemente no hay sueños; de tal forma qué, podemos entender que los cuerpos al mismo tiempo que ocupan un lugar en el espacio de la realidad, generan el sub.-espacio imaginario de los sueños, una dimensión o muchas dimensiones irreales e interesantes como infinitas y un tanto difíciles de entender; el caso es que la mente se da el lujo de crear y explorar lugares o tiempos muchas veces imposibles en la realidad de los cuerpos; regresar en el tiempo o avanzar en el mismo o estar en otros mundos e incluso; ser feliz. ¿Quién no ha soñado que logra volar sin alas? o que da saltos fantásticos e imposibles o que ama, y ¿por qué muchas veces se reprimen estos y otros deseos?... Es el dominio del miedo; el miedo de lo que se entiende, de lo que se sabe es imposible o riesgoso; lo que se aprende en la vida y se entiende que puede pasar.

      De pronto, el guerrero vencido, se encontraba en un trasporte público de color naranja; un chorizo de trenes eléctricos qué, semejante a la sangre que recorre un cuerpo, estos trenes recorren por arriba y por abajo toda la ciudad; la sangre lleva oxigeno, nutrientes, incluso, desechos dentro del cuerpo; los trenes, gentes con diversos motivos, todos con un quehacer específico; el caso es que van siempre de un lado a otro. Fue ahí donde el guerrero vencido vio a un guerrero gordo; talvez no era necesario tomarlo en cuenta, al fin y al cabo, sólo era un sueño; y el guerrero gordo, sólo era un gordo; ¿quién era?, ¡Nadie!; no tenía nombre o mejor dicho, no era interesante saberlo; era sólo un nadie, sólo uno más en el camino; sin embargo, todos tenemos un “algo” que enseñar o que aprender. La gente en los trenes eléctricos está acostumbrada a no preocuparse por las otras gentes, amenos que alguien sea o traiga un “algo” que lo haga atractivo o atractiva; un “algo” que motive a los demás a verla o verlo. Lo que realmente preocupa a la gente que viaja en los trenes eléctricos es llegar al otro extremo del camino y siempre; llegar a tiempo.

       Por eso, el “guerrero gordo”; que se podía adivinar; regresaba de su trabajo era “nadie” para los demás. No había mucha gente dentro de ese vagón; incluso, los otros vagones también iban medio vacíos, tal vez por eso aprovechó el espacio que le permitió la falta de gente. Sacó una bolsa de papel que estaba dentro de otra bolsa, y de la bolsa de papel; un pan dulce de esos que acostumbramos llamarles “conchas”; sin inmutarse por saberse o no saberse observado, hizo una pequeña oración en silencio y después, el signo de la “cruz” sobre el pan. Sin más emotividad y con gran devoción, empezó a comerlo; incluso se notaba cierta ansiedad o hambre; ¿por qué no esperar a llegar a su destino?, ¿por qué comer frente a todos?; el pan qué, seguramente, ya se había ganado con su trabajo, con el sudor de su frente; “el pan nuestro de cada día”...

      Comió el pan y después nuevamente la quietud y cierto tipo de “silencio” de los trenes naranjas qué, cotidianamente, sólo es rota por los gritos o cantos de los supervivientes de los trenes; los inevitables comerciantes, cantantes o “artistas” ambulantes, que intentan la vida, a pesar de que el sistema luche duro contra ellos; quizás éste acto no tenga ninguna relevancia en un mundo que pierde poco a poco la sensibilidad e ignora los actos humildes; pero la verdadera enseñanza que dejó esa imagen del “guerrero gordo”, no fue cómo comió con ansiedad su pan o la devoción hacia sus creencias; en realidad, fue el acto de que, a pesar de estar rodeado de desconocidos, no le importó lo que ellos pensaran; simplemente hizo lo que creyó tenía derecho; el hacer lo necesario para saciar su hambre y cumplir con sus creencias, sin importar o querer molestar las creencias de quienes lo rodeaban; simplemente hacer lo que venimos a hacer, lo que creemos que son las cosas correctas o buenas, porque las aceptamos así.

       “El guerrero gordo” había cumplido; las enseñanzas importantes no siempre son o tienen que ser impresionantes; no tienen que ser por fuerza actos heroicos o sobresalientes, tampoco imprescindibles; la educación “normal” obliga a dar prioridad a estas y otras ideas; “lo importante” es sobresalir por encima de los demás; la educación “normal” dice que cada uno está obligado a ser él “más” o la “más”, sin importar que se pueda perder la calidad del “ser”, y esta calidad; si se pierde,  no se encuentra en las ropas finas o en los objetos caros o en los cuerpos bellos, tampoco viene impreso en el dinero de ningún país, ni de la más alta denominación; como la educación “normal” nos quieren hacer creer. Ésta calidad tampoco se puede comprar, ni es exclusiva de una sola doctrina, está en los actos con la que enriquecemos nuestras vidas y sólo si aprendemos a compartirnos con los demás con valor y con la fe de lo que creemos correcto o bueno.

     El sueño terminó, la bruma se había disipado un poco; ahora ya se podían distinguir algunas cosas que rodeaban al guerrero vencido; unas sencillas y otras complejas, pero todas necesarias y nunca indispensables; las cosas que no se veían todavía por la bruma; no se podían ver porque para verlas, es necesario sensibilizarnos más con los seres que comparten el mismo tiempo y espacio que nosotros; ¿y el camino? o mejor dicho ¿los caminos?; apenas son las frágiles huellas de los que enseñan las cosas sencillas, pero necesarias para vivir una existencia tranquila; por ser frágiles, siempre serán borradas y al mismo tiempo son breves recuerdos para que la gente que las aprendió, pueda enseñar a otras gentes, dejar sus propias huellas; éstas lecciones no aparecen en los libros.

       El guerrero vencido caminó otro poco; todavía no podía entender porque se negaba la ignorancia a enfrentarlo; bueno, la verdad es que la ignorancia no se negó a enfrentarlo, pero como es infinitamente grande, no podía dimensionarla. Es posible que la ignorancia jugaba con el guerrero vencido, como un niño jugando con las hormigas, se cree el amo de todas ellas, se cree el dueño de sus vidas; incluso talvez era necesario ese comportamiento casi “infantil” de la ignorancia porque así conoce a sus enemigos, mientras el guerrero vencido, de tanto caminar entre la bruma menos espesa que al principio, empezó a bajar la guardia; el sueño nuevamente se apoderó de su voluntad. Sus ojos se cerraron y nuevamente, sus pensamientos “viajaron” otra dimensión inexistente.

          Era un cuarto con muchas sillas y ventanas enormes; curioso, con tamañas ventanas los ocupantes de los edificios continuos veían a los otros ocupantes, con la idea de evitar el hacer uso indebido de los salones vacíos; claro, sin que haya testigos; todos podrían ver cualquier acción debida o indebida en ellos; el caso es que se encontraba sentado en una de las sillas para los estudiantes; en el pizarrón blanco había una horrible orgía de letras y números; ¿por qué hacen eso los humanos?, ¿por qué mezclan dos o más especies diferentes?, ¿cuál es el sentido de dichas combinaciones?; sólo logran bizarros efectos y hasta le ponen nombres poco comunes; “algebra lineal”, ¡Deberían de prohibir ese tipo de mezclas insanas! Y luego… Ella… “La mujer”, con voz poderosa imponía absoluto silencio y respeto; dominaba todo el salón, los débiles salieron corriendo; los fuertes sabían que el silencio era la mejor estrategia para permanecer en el grupo y los que no entendían, como el guerrero vencido, no tenían nada ni que decir, ni que perder; es sólo cuestión de quedarse en silencio y no demostrar miedo; por supuesto, hasta que toque turno.

        El guerrero no entendía nada; “La mujer” hablaba de algo llamado “vectores” y ponía letras mayúsculas acompañadas de “equis”, hablaba de líneas y escribía algo que decía, era una ecuación, hablaba de espacios y de conjuntos de ecuaciones, de los cuales decía; “para que tenga solución única”, deben tener “n” ecuaciones y “n” incógnitas; hablaba y hablaba y hablaba y su voz imponente penetraba en los oídos de todos los alumnos y en el guerrero vencido; de esta manera la  voz de “La mujer” se quedó permanentemente guardada en la mente del guerrero vencido (no el contenido de sus palabras), al mismo tiempo que su figura también se guardó en su memoria. Se preguntaba; ¿Qué hago yo aquí?, rodeado de tantos niños, con esa mujer hermosa diciendo cosas extrañas; ¡no entiendo nada!, ¿cómo es posible que la gente se entretenga en escribir tantos disparates? “Ecuaciones simultáneas con más de tres incógnitas”, ¡Sólo veo letras que están haciendo porquerías con los números!, ¡Sí qué está feo esto!... La verdad es que… ¡soy un guerrero!, nací para ser guerrero, para ganarme el pan de todos los días con mucho trabajo y arriesgando el físico de vez en cuando; ¡no jugando con letras y números!, por lo menos eso no es para mí, no será mi trabajo (se decía a sí mismo).

        La desesperación del guerrero vencido se notaba a leguas, las matemáticas se hicieron para la gente inteligente que es poca; “No para los guerreros que son incapaces de entender”, que son muchos y ni a golpes les entran esas ideas por ser humanas; pero la función de un maestro no es decidir quien se queda o quien se va; un maestro da la misma oportunidad a todos. Por eso “la mujer”, enseñaba lo que dictaba el programa y cumplía con el plan de trabajo. Ella en realidad no veía a sus alumnos como enemigos de los cuales cuidarse; tampoco veía guerreros ni triunfadores ni vencidos, para ella, todos los que estaban en ese salón de clase eran alumnos que debían saber algo de matemáticas útiles, debían  aprender cosas nuevas  que les sirvan en sus carreras y a su manera, “La mujer”, la maestra les iba a ayudar a lograrlo…

        De manera inocente “La mujer” colocó su mano sobre la mano del “guerrero vencido” apenas ese breve contacto de piel, hizo que “el guerrero vencido” alertara nuevamente sus sentidos; todas las ideas que gobernaban sus pensamientos se fueron y sólo sobrevivió una “TIENE QUE SER MÍA”, así que, se quedó quieto, tan quieto que apenas si respiraba. (Los guerreros se parecen más a maquinas que reciben datos y los analizan; son salvajes que no han aprendido a seguir las reglas de la “humanidad”; son animales que sólo entienden de instintos… No sé bien a que se parecen; pero sí sé que no se parecen a los humanos que los rodean; no los entienden en sus ambiciones, en sus deseos, en sus dolores y en sus silencios; no entiende porque no pueden ser felices).

       Así; “quieto”, tan quieto que  podía sentir perfectamente la suavidad de su piel blanca y el tenue perfume que tenían sus ropas; ya había memorizado su cuerpo curvilíneo de espaldas y de frente, y el tono de su voz y su cadencia al caminar, así como su mágica sonrisa; sus cabellos negros que caían como cascada o cuando eran movidos por el viento; ¡parecían olas espumosas que rompen en la playa!; pero en la vertical de su espalda, sus cabellos seductores y de color negro. El contacto con la piel de “La mujer” le hizo desear más de ella y discretamente movió su cabeza hasta alcanzar a ver su brazo blanco y de textura suave, lo que pudiera alcanzar ha ver. Delicada, simplemente exquisita toda ella y tuvo ganas de morderla; no con la intención de lastimarla; ¡No!, su mordida se parecería más a una caricia animal y es que los sabores también se pueden guardar en la memoria…

       Era más una necesidad la idea del contacto con ese ser que percibía extraño, comparado con los otros alumnos, la que ella sentía, que un deseo; la intención de poner su mano encima del “guerrero vencido”, era algo  que ella sentía necesario “algo” por hacer; el contacto con quien en ese momento era su alumno y le despertaba un sentimiento amable, de ayuda o de consuelo; fue algo que no se puede entender tan fácilmente, tal vez cierto sentimiento de bondad que ya es difícil hallar en estos tiempos. Sintió cómo la voluntad y la angustia o la incertidumbre de ese ser eran dominadas por el contacto con su mano; sintió que había ganado terreno en la conquista de  los temores del guerrero vencido, y sin mucho esfuerzo, lo curó de todas sus heridas provocadas por las diversas derrotas; las más recientes y las pasadas, dejando sólo leves cicatrices, logrando el equilibrio que el alma del guerrero necesitaba.

       Uno más de los “porqués” de nuestro existir es provocar sentimientos en otros; que no siempre son los que planeamos; despertar deseos, odios, tristezas, alegrías, corajes, dolores o gozos en los otros seres que nos rodean como parte de la coincidencia de nuestros destinos; en el caso de la maestra, “La mujer”,aparte de enseñar matemáticas, tenía otra virtud; era aliviar el alma del guerrero vencido, que cuando éste no vislumbró esperanza, sólo dolor, se perdía en el camino de la vida y se sumergía en la oscuridad y el silencio; en un sin sentido de su propio existir. Ahora el guerrero vencido ya podía seguir su camino que al fin era un poco más claro y continuar con sus misiones y sus doctrinas, de alguna manera también necesarias; aunque al final, en todos los caminos,  realmente no existen ganadores ni perdedores, sólo quienes intentan a su manera la vida, y todos deberían de saberlo…

       Ya todo estaba hecho; la “Mujer”, la “Maestra” o la “Curandera” había aparecido en el momento justo para curar al guerrero vencido de las heridas hechas por el “Amor” cuando éste lo enfrentó, al mismo tiempo que le dio nuevas fuerzas para enfrentar su destino y el material para sus sueños (¡Qué más puede pedir quien vive de sueños!); es posible que la felicidad tan buscada por todos, no tenga los mismos características o dimensiones; es posible que apenas un momento de felicidad sea suficiente para justificar toda clase de dolores y desventuras que ofrece el reto de la vida; es posible que muchos no estén llamados a cumplir sus deseos o sueños por buenos o por malos que estos sean y es posible que aún nos falte mucho por aprender de los destinos de seres que habitamos este universo.

       La bruma de la ignorancia se había disipado lo suficiente para poder ver mejor el camino a seguir y nunca toda; porque es necesario que exista algo de ignorancia para que otros también intenten disiparla de este mundo e intentar hacer un lugar mejor para todos. El “Amor” es un monstruo que acostumbra devorar corazones; el “Odio” es otro monstruo que juega a las marionetas con quien se deje, el “Dolor” es un monstruo que consume almas y el “Gozo” es un monstruo que provoca toda clase de alucinaciones con la intención de provocar la caída de los seres a un precipicio. Todos forman parte de un monstruo todavía más grande llamado “Vida”, tan grande que estamos en su boca y ni nos enteramos; creemos que podemos  ordenar, engañar, seducir, conquistar, saquear; pero ¡No!; sólo jugamos dentro de la boca de la vida, y al final… ¡Te devora!...

 

Joaquín Torres Pérez

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