Ficción dos
(Un guerrero gordo y una curandera)
La ignorancia no se parece a la obscuridad; la obscuridad se parece a un
sin sentido de las cosas que nos rodean y la ignorancia semeja más a una bruma
que deja ver pero no con claridad. No con la claridad deseada, el sentido de
las cosas que nos rodean; el sentido del todo…
(Antes) “Le dio la espalda al amor y emprendió su lucha contra el
siguiente enemigo que ya lo esperaba con ansias”: La ignorancia.
(Ahora) “El camino no se veía; había que extender las manos para
poder sentir algo que diera confianza y permitiera el avance; otros, muchos
otros ya habían intentado vencer a la ignorancia y sólo unos cuantos pudieron
hacer que sus nombres fueran recordados en los libros de historia,
convirtiéndose a la vez una letanía obligada, repetida por todos, siempre desde
pequeños; para que todos supiéramos que sólo los triunfadores tienen derecho a
dejar huella en la memoria de los demás, y siempre serán pocos comparados con
la increíble ignorancia que nos envuelve; ¿y los demás o casi todos?...
¿qué?... Polvo en el camino y una advertencia para todo aquel que quiera
intentar”.
El guerrero vencido había
quedado muy cansado por el enfrentamiento que tuvo con el Amor; así qué, cuando emprendió su lucha contra la ignorancia,
no se dio cuenta que desde el primer paso la ignorancia ya lo había rodeando. Creyó
que esa bruma era parte del paisaje que a veces ofrece este mundo y; cuando ya
no pudo ver el camino a seguir, decidió descansar; porque pensaba que se lo
merecía; así que cerró los ojos un momento y se quedó dormido. Es interesante
el sueño porque el cuerpo queda inerte, vulnerable; pero al mismo tiempo
recupera fuerzas perdidas y hasta se reconstruye; mientras sucede esto, otro
efecto también sucede durante el sueño; la mente, por así decirlo, se separa
del cuerpo y viaja en un espacio diferente; un espacio donde no pueden existir
cuerpos ni ninguna otra materia; porque simplemente no hay lugar para ellos.
Es
gracioso que no puedan existir cuerpos en los sueños; cuando son los cuerpos
los que generan los sueños; pero a la vez, los cuerpos sin sueños no tendrían
un “porqué” existir. Sin cuerpos simplemente no hay sueños; de tal forma qué,
podemos entender que los cuerpos al mismo tiempo que ocupan un lugar en el
espacio de la realidad, generan el sub.-espacio imaginario de los sueños, una
dimensión o muchas dimensiones irreales e interesantes como infinitas y un
tanto difíciles de entender; el caso es que la mente se da el lujo de crear y
explorar lugares o tiempos muchas veces imposibles en la realidad de los
cuerpos; regresar en el tiempo o avanzar en el mismo o estar en otros mundos e
incluso; ser feliz. ¿Quién no ha soñado que logra volar sin alas? o que da
saltos fantásticos e imposibles o que ama, y ¿por qué muchas veces se reprimen
estos y otros deseos?... Es el dominio del miedo; el miedo de lo que se
entiende, de lo que se sabe es imposible o riesgoso; lo que se aprende en la
vida y se entiende que puede pasar.
De pronto, el guerrero vencido, se
encontraba en un trasporte público de color naranja; un chorizo de trenes
eléctricos qué, semejante a la sangre que recorre un cuerpo, estos trenes
recorren por arriba y por abajo toda la ciudad; la sangre lleva oxigeno,
nutrientes, incluso, desechos dentro del cuerpo; los trenes, gentes con
diversos motivos, todos con un quehacer específico; el caso es que van siempre
de un lado a otro. Fue ahí donde el guerrero vencido vio a un guerrero gordo;
talvez no era necesario tomarlo en cuenta, al fin y al cabo, sólo era un sueño;
y el guerrero gordo, sólo era un gordo; ¿quién era?, ¡Nadie!; no tenía nombre o
mejor dicho, no era interesante saberlo; era sólo un nadie, sólo uno más en el
camino; sin embargo, todos tenemos un “algo” que enseñar o que aprender. La
gente en los trenes eléctricos está acostumbrada a no preocuparse por las otras
gentes, amenos que alguien sea o traiga un “algo” que lo haga atractivo o
atractiva; un “algo” que motive a los demás a verla o verlo. Lo que realmente
preocupa a la gente que viaja en los trenes eléctricos es llegar al otro extremo
del camino y siempre; llegar a tiempo.
Por eso, el “guerrero gordo”; que se
podía adivinar; regresaba de su trabajo era “nadie” para los demás. No había mucha gente dentro de ese vagón;
incluso, los otros vagones también iban medio vacíos, tal vez por eso aprovechó
el espacio que le permitió la falta de gente. Sacó una bolsa de papel que
estaba dentro de otra bolsa, y de la bolsa de papel; un pan dulce de esos que
acostumbramos llamarles “conchas”; sin inmutarse por saberse o no saberse
observado, hizo una pequeña oración en silencio y después, el signo de la
“cruz” sobre el pan. Sin más emotividad y con gran devoción, empezó a comerlo;
incluso se notaba cierta ansiedad o hambre; ¿por qué no esperar a llegar a su
destino?, ¿por qué comer frente a todos?; el pan qué, seguramente, ya se había
ganado con su trabajo, con el sudor de su frente; “el pan nuestro de cada día”...
Comió el pan y después nuevamente la
quietud y cierto tipo de “silencio” de los trenes naranjas qué, cotidianamente,
sólo es rota por los gritos o cantos de los supervivientes de los trenes; los
inevitables comerciantes, cantantes o “artistas” ambulantes, que intentan la
vida, a pesar de que el sistema luche duro contra ellos; quizás éste acto no
tenga ninguna relevancia en un mundo que pierde poco a poco la sensibilidad e
ignora los actos humildes; pero la verdadera enseñanza que dejó esa imagen del
“guerrero gordo”, no fue cómo comió con ansiedad su pan o la devoción hacia sus
creencias; en realidad, fue el acto de que, a pesar de estar rodeado de
desconocidos, no le importó lo que ellos pensaran; simplemente hizo lo que
creyó tenía derecho; el hacer lo necesario para saciar su hambre y cumplir con
sus creencias, sin importar o querer molestar las creencias de quienes lo rodeaban;
simplemente hacer lo que venimos a hacer, lo que creemos que son las cosas correctas
o buenas, porque las aceptamos así.
“El guerrero gordo” había cumplido; las
enseñanzas importantes no siempre son o tienen que ser impresionantes; no tienen
que ser por fuerza actos heroicos o sobresalientes, tampoco imprescindibles; la
educación “normal” obliga a dar
prioridad a estas y otras ideas; “lo
importante” es sobresalir por encima de los demás; la educación “normal” dice que cada uno está obligado
a ser él “más” o la “más”, sin importar que se pueda perder
la calidad del “ser”, y esta calidad;
si se pierde, no se encuentra en las
ropas finas o en los objetos caros o en los cuerpos bellos, tampoco viene
impreso en el dinero de ningún país, ni de la más alta denominación; como la
educación “normal” nos quieren hacer
creer. Ésta calidad tampoco se puede comprar, ni es exclusiva de una sola
doctrina, está en los actos con la que enriquecemos nuestras vidas y sólo si
aprendemos a compartirnos con los demás con valor y con la fe de lo que creemos
correcto o bueno.
El sueño terminó, la bruma se había
disipado un poco; ahora ya se podían distinguir algunas cosas que rodeaban al
guerrero vencido; unas sencillas y otras complejas, pero todas necesarias y
nunca indispensables; las cosas que no se veían todavía por la bruma; no se
podían ver porque para verlas, es necesario sensibilizarnos más con los seres
que comparten el mismo tiempo y espacio que nosotros; ¿y el camino? o mejor
dicho ¿los caminos?; apenas son las frágiles huellas de los que enseñan las
cosas sencillas, pero necesarias para vivir una existencia tranquila; por ser
frágiles, siempre serán borradas y al mismo tiempo son breves recuerdos para
que la gente que las aprendió, pueda enseñar a otras gentes, dejar sus propias
huellas; éstas lecciones no aparecen en los libros.
El guerrero vencido caminó otro poco;
todavía no podía entender porque se negaba la ignorancia a enfrentarlo; bueno,
la verdad es que la ignorancia no se negó a enfrentarlo, pero como es
infinitamente grande, no podía dimensionarla. Es posible que la ignorancia
jugaba con el guerrero vencido, como un niño jugando con las hormigas, se cree
el amo de todas ellas, se cree el dueño de sus vidas; incluso talvez era
necesario ese comportamiento casi “infantil”
de la ignorancia porque así conoce a sus enemigos, mientras el guerrero
vencido, de tanto caminar entre la bruma menos espesa que al principio, empezó
a bajar la guardia; el sueño nuevamente se apoderó de su voluntad. Sus ojos se
cerraron y nuevamente, sus pensamientos “viajaron” otra dimensión inexistente.
Era un cuarto con muchas sillas y
ventanas enormes; curioso, con tamañas ventanas los ocupantes de los edificios
continuos veían a los otros ocupantes, con la idea de evitar el hacer uso
indebido de los salones vacíos; claro, sin que haya testigos; todos podrían ver
cualquier acción debida o indebida en ellos; el caso es que se encontraba
sentado en una de las sillas para los estudiantes; en el pizarrón blanco había
una horrible orgía de letras y números; ¿por qué hacen eso los humanos?, ¿por
qué mezclan dos o más especies diferentes?, ¿cuál es el sentido de dichas
combinaciones?; sólo logran bizarros efectos y hasta le ponen nombres poco
comunes; “algebra lineal”, ¡Deberían
de prohibir ese tipo de mezclas insanas! Y luego… Ella… “La mujer”, con
voz poderosa imponía absoluto silencio y respeto; dominaba todo el salón, los
débiles salieron corriendo; los fuertes sabían que el silencio era la mejor
estrategia para permanecer en el grupo y los que no entendían, como el guerrero
vencido, no tenían nada ni que decir, ni que perder; es sólo cuestión de
quedarse en silencio y no demostrar miedo; por supuesto, hasta que toque turno.
El guerrero no entendía nada; “La
mujer” hablaba de algo llamado “vectores” y ponía letras mayúsculas
acompañadas de “equis”, hablaba de líneas y escribía algo que decía, era una
ecuación, hablaba de espacios y de conjuntos de ecuaciones, de los cuales
decía; “para que tenga solución única”,
deben tener “n” ecuaciones y “n” incógnitas; hablaba y hablaba y hablaba y su
voz imponente penetraba en los oídos de todos los alumnos y en el guerrero vencido;
de esta manera la voz de “La mujer” se quedó permanentemente
guardada en la mente del guerrero vencido (no el contenido de sus palabras), al
mismo tiempo que su figura también se guardó en su memoria. Se preguntaba; ¿Qué
hago yo aquí?, rodeado de tantos niños, con esa mujer hermosa diciendo cosas
extrañas; ¡no entiendo nada!, ¿cómo es posible que la gente se entretenga en
escribir tantos disparates? “Ecuaciones simultáneas con más de tres
incógnitas”, ¡Sólo veo letras que están haciendo porquerías con los números!,
¡Sí qué está feo esto!... La verdad es que… ¡soy un guerrero!, nací para ser guerrero, para ganarme el pan de
todos los días con mucho trabajo y arriesgando el físico de vez en cuando; ¡no
jugando con letras y números!, por lo menos eso no es para mí, no será mi
trabajo (se decía a sí mismo).
La desesperación del guerrero vencido se
notaba a leguas, las matemáticas se hicieron para la gente inteligente que es
poca; “No para los guerreros que son incapaces de entender”, que son muchos y
ni a golpes les entran esas ideas por ser humanas; pero la función de un
maestro no es decidir quien se queda o quien se va; un maestro da la misma
oportunidad a todos. Por eso “la mujer”,
enseñaba lo que dictaba el programa y cumplía con el plan de trabajo. Ella en
realidad no veía a sus alumnos como enemigos de los cuales cuidarse; tampoco
veía guerreros ni triunfadores ni vencidos, para ella, todos los que estaban en
ese salón de clase eran alumnos que debían saber algo de matemáticas útiles,
debían aprender cosas nuevas que les sirvan en sus carreras y a su manera,
“La mujer”, la maestra les iba a
ayudar a lograrlo…
De manera inocente “La mujer” colocó su mano sobre la mano del “guerrero vencido”
apenas ese breve contacto de piel, hizo que “el guerrero vencido” alertara
nuevamente sus sentidos; todas las ideas que gobernaban sus pensamientos se
fueron y sólo sobrevivió una “TIENE QUE
SER MÍA”, así que, se quedó quieto, tan quieto que apenas si respiraba.
(Los guerreros se parecen más a maquinas que reciben datos y los analizan; son
salvajes que no han aprendido a seguir las reglas de la “humanidad”; son animales
que sólo entienden de instintos… No sé bien a que se parecen; pero sí sé que no
se parecen a los humanos que los rodean; no los entienden en sus ambiciones, en
sus deseos, en sus dolores y en sus silencios; no entiende porque no pueden ser
felices).
Así; “quieto”, tan quieto que podía sentir perfectamente la suavidad de su
piel blanca y el tenue perfume que tenían sus ropas; ya había memorizado su
cuerpo curvilíneo de espaldas y de frente, y el tono de su voz y su cadencia al
caminar, así como su mágica sonrisa; sus cabellos negros que caían como cascada
o cuando eran movidos por el viento; ¡parecían
olas espumosas que rompen en la playa!; pero en la vertical de su espalda,
sus cabellos seductores y de color negro. El contacto con la piel de “La mujer” le hizo desear más de ella y
discretamente movió su cabeza hasta alcanzar a ver su brazo blanco y de textura
suave, lo que pudiera alcanzar ha ver. Delicada, simplemente exquisita toda
ella y tuvo ganas de morderla; no con la intención de lastimarla; ¡No!, su
mordida se parecería más a una caricia animal y es que los sabores también se pueden
guardar en la memoria…
Era más una necesidad la idea del contacto con ese ser que percibía
extraño, comparado con los otros alumnos, la que ella sentía, que un deseo; la
intención de poner su mano encima del “guerrero vencido”, era algo que ella sentía necesario “algo” por hacer;
el contacto con quien en ese momento era su alumno y le despertaba un
sentimiento amable, de ayuda o de consuelo; fue algo que no se puede entender
tan fácilmente, tal vez cierto sentimiento de bondad que ya es difícil hallar
en estos tiempos. Sintió cómo la voluntad y la angustia o la incertidumbre de
ese ser eran dominadas por el contacto con su mano; sintió que había ganado
terreno en la conquista de los temores
del guerrero vencido, y sin mucho esfuerzo, lo curó de todas sus heridas
provocadas por las diversas derrotas; las más recientes y las pasadas, dejando
sólo leves cicatrices, logrando el equilibrio que el alma del guerrero
necesitaba.
Uno más de los “porqués” de
nuestro existir es provocar sentimientos en otros; que no siempre son los que
planeamos; despertar deseos, odios, tristezas, alegrías, corajes, dolores o
gozos en los otros seres que nos rodean como parte de la coincidencia de
nuestros destinos; en el caso de la maestra, “La mujer”,aparte de enseñar matemáticas, tenía otra virtud; era
aliviar el alma del guerrero vencido, que cuando éste no vislumbró esperanza,
sólo dolor, se perdía en el camino de la vida y se sumergía en la oscuridad y
el silencio; en un sin sentido de su propio existir. Ahora el guerrero vencido
ya podía seguir su camino que al fin era un poco más claro y continuar con sus
misiones y sus doctrinas, de alguna manera también necesarias; aunque al final,
en todos los caminos, realmente no
existen ganadores ni perdedores, sólo quienes intentan a su manera la vida, y
todos deberían de saberlo…
Ya todo estaba hecho; la “Mujer”,
la “Maestra” o la “Curandera” había aparecido en el
momento justo para curar al guerrero vencido de las heridas hechas por el “Amor” cuando éste lo enfrentó, al mismo
tiempo que le dio nuevas fuerzas para enfrentar su destino y el material para sus
sueños (¡Qué más puede pedir quien vive de sueños!); es posible que la
felicidad tan buscada por todos, no tenga los mismos características o
dimensiones; es posible que apenas un momento de felicidad sea suficiente para
justificar toda clase de dolores y desventuras que ofrece el reto de la vida;
es posible que muchos no estén llamados a cumplir sus deseos o sueños por
buenos o por malos que estos sean y es posible que aún nos falte mucho por
aprender de los destinos de seres que habitamos este universo.
La bruma de la ignorancia se había disipado lo suficiente para poder ver
mejor el camino a seguir y nunca toda; porque es necesario que exista algo de
ignorancia para que otros también intenten disiparla de este mundo e intentar
hacer un lugar mejor para todos. El “Amor”
es un monstruo que acostumbra devorar corazones; el “Odio” es otro monstruo que juega a las marionetas con quien se
deje, el “Dolor” es un monstruo que
consume almas y el “Gozo” es un
monstruo que provoca toda clase de alucinaciones con la intención de provocar
la caída de los seres a un precipicio. Todos forman parte de un monstruo
todavía más grande llamado “Vida”,
tan grande que estamos en su boca y ni nos enteramos; creemos que podemos ordenar, engañar, seducir, conquistar, saquear;
pero ¡No!; sólo jugamos dentro de la boca de la vida, y al final… ¡Te devora!...
Joaquín Torres Pérez
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