martes, 5 de noviembre de 2013


Sólo silencio

 

El silencio es rico cuando caminas por el bosque que todavía tiene “la mujer dormida” en sus faldas. Se siente bien ese silencio porque carece de los sonidos de la ciudad; de la gente que grita porque vende algo; la gente que grita porque otra gente se le cruzó en su camino; la gente que grita porque algo le parece injusto; la gente que grita y cree que canta. El bosque carece de todo ese sonido de ciudad: fábricas, carros, aviones y  helicópteros, que suelen vigilar la ciudad con el derecho que ellos mismos se toman. No, el bosque tiene un silencio que no es absoluto porque se cuelan los sonidos de ramas meciéndose por el viento; de pájaros rojos y azules de no sé qué especie, que vuelan sin tener que pensar, que son libres; del agua del acueducto por donde acostumbramos subir; del silencioso sonido de las águilas que todavía no saben que es peligroso dejarse ver. Me gusta ese silencio porque invita a pensar y no pensar; a pensar que el mundo tiene algo que se debe rescatar y a no pensar en las ideas de esos necios que quieren conquistarlo y destruirlo.

 

El silencio es peligroso, a veces es considerado cómplice de asesinos, a veces es inevitable o tal vez obligatorio. Mi tío tenía cáncer, es posible que él lo supiera dos años antes que nosotros, y no dijo nada. Se guardó su secreto en lo más profundo de su ser, como debe hacerlo todo aquel que quiera llamarse hombre; se guardó su dolor y no salió ninguna palabra que tuviera relación con su enfermedad (esa es otra forma de silencio). Cuando su cuerpo no pudo soportar los ataques de su terrible enfermedad, tampoco salieron palabras, sólo silencio, y lo vi apagarse; el hombre que era feliz trabajando en su carpintería, y que por años “nada” se lo había podido impedir; en esos momentos era vencido por algo que lo invadió en silencio, y él aceptó su destino y aceptó el silencio porque los hombres debemos aceptar nuestro destino en silencio.

 

El silencio es malo, muy malo y por eso “no pediré perdón jamás de mis actos”, quien lo entienda bien, quien no lo entienda tampoco tendrá respuestas, ¿cómo podría explicarles?; si apenas entienden poco y casi nada de sí mismos; si todo lo tienen que aprender de otros; si dan por muerta su capacidad de pensar y analizar, “que lo haga otro, y, ¿así quieren cambiar al mundo? Las excusas son las únicas que viven en su mente, las únicas que rompen el silencio cuando hablan, sólo excusas y yo prefiero el silencio. Entonces mejor guardaré mis motivos “a palabras necias, oídos sordos”, pero frente a un montón de necios, la mejor opción es el silencio, aunque me tachen de loco.

 

El silencio es mi destino: no es malo, ni bueno; no es peligroso, ni  cómplice de asesinos, tal vez, de vez en cuando obligatorio. Cuando el silencio es el destino de alguien, es necesario comprenderlo, porque el destino es algo que no se elige, es algo que te toca y nada más. Le escribí a Isabel una cursilería, un “poema”, y le dije que era una carta, la leyó; ya había leído otras cursilerías mías, pero esta vez tenía una “posdata”. Lo tuve que hacer así porque cuando estoy cerca de ella, las malditas palabras se atoran, no salen de mi garganta, no las que quiero decir, y sólo salen tonterías sin relevancia. Total que en la “posdata” decía “perdóname, pero no puedo ni quiero evitarlo, me enamoré de ti”, ¿la respuesta?, por supuesto, ya no quiso verme, no más miradas que alegren mis días, no más sonrisas que alimenten mi alma, sólo silencio.

 

 

Joaquín Torres Pérez

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