Filosofía solar
(Filosofía insana
para una sana autodestrucción)
Así lo dice el sol… “Cuando sepas quien eres
usando el menor número de letras; habrás aprendido a ser yo”
Así lo dice el caos… “Sí existes, en
cualquier momento, puedes sentir el poder de la destrucción y ser destruido”
Una piedra y un cristal…
Sí, vi una piedra lanzada con fuerza hacia un cristal
“indefenso”, ¿por qué?, ¿acaso importa?, NO; y no hay nada que hacer, ante la
vista de todos, la piedra hace colisión con el cristal; el cristal se convierte
en pedazos; tiene un daño casi irremediable; sin embargo, todos los trozos del
cristal, son el cristal; roto el cristal, no pierde su esencia; sólo la forma a
la que “él” o nosotros estábamos acostumbrados a verlo. ¿Y la piedra?, siguió
su camino sin siquiera voltear a ver lo que había ocurrido.
La vida es así; nosotros somos los frágiles
cristales indefensos frente a la amenaza de las piedras qué, sin ningún motivo
que las justifiquen y en todo momento, intentarán destruirnos. Las piedras nos
golpean con diferente fuerza, pero con la misma intención; de diferentes
tamaños y formas o materiales, pero con ese indescifrable afán de destruirnos;
así va cambiando la forma que queríamos conservar; porque ya estábamos
acostumbrados a ella o porque nos gustaba y no nos gusta oír que vamos
cambiando; conforme pasa el tiempo por esta constante de ataques.
Vivir sin cambiar es imposible, vivir sin
exponerse a sufrir daños, también es imposible; pero los daños que sufrimos en
éste andar por la vida, sólo son verdaderamente significativos, si permitimos
que las agresiones logren cambiar nuestra esencia, nuestra alma; porque aunque
estuviéramos rotos por dentro (y por fuera), si conservamos la esencia del alma
que teníamos, seguiremos siendo esencialmente el mismo “cristal” (por así decirlo).
Cada uno de nosotros es un ser “frágil” que
ha venido a tomar su lugar en el universo. Talvez tengamos que acostumbrarnos
de vez en cuando a una nueva imagen o a una nueva circunstancia; con el tiempo
y sin desearlo, vamos cambiando, dejando un poco de nosotros en el camino y, lo
mejor que podemos hacer, es no perder el tiempo pensando en los “porqués” de lo
que nos toca vivir o tratar de descifrar los motivos que tienen las piedras
qué, mientras vivamos, estarán siempre al asecho; con todo la intención de
romper el equilibrio de nuestra alma.
Un río y muchas piedras…
Sí, vi un río y en el fondo del río “vivían”
muchas piedras, todas vivían tranquilas; inmutables ante lo que ocurría a su
alrededor; rocas perezosas, sin ganas romper más cristales, sin deseos de
lastimar a nadie; no sé, hasta se ven bonitas en el río. Metí mi pie al agua
del río, era fría, muy fría; era agua del deshielo del volcán; del “popo” y mis
pies sintieron esas piedras perezosas; estaban lisas y resbalosas. Todas esas
piedras eran hijas del volcán y seguramente cuando nacieron estaban llenas de
furia, llenas del fuego de la tierra ¿qué pasó?, ¿por qué perdieron su fuego?,
¿su furia incontenible y capaz de quemar todo a su paso?, ¿por qué ahora están
frente a mi con tanta calma y casi amables?
La vida es así; en ocasiones somos como una
piedra agresiva, llena de furia y fuego en nuestro cuerpo, capaz de quemarlo
todo; todo lo que se nos acerque, impulsadas por un algo que ni nosotros
comprendemos y en nuestro andar vamos rompiendo cristales; lastimando almas que
deseaban no ser lastimadas; transformando la vida de la gente que se nos acercó
más y, por lo mismo, fueron más vulnerables. Basta tan solo con las acciones
simples que tenemos hacia los demás, con actitud negativa, mentiras y rechazos
hacia los otros o talvez, buscando nuestra seguridad o beneficio, sin ninguna
maldad inscrita. No lo dudes, siempre existirá la posibilidad de lastimar a
alguien; aun sin desear dañar a nadie. ¿Y qué pasó?, nada; sólo el tiempo que
consumió nuestra furia. Nuestro ímpetu se acabó poco a poco y dejamos de tener
ese impulso que ni siquiera nosotros comprendíamos; cuando por fin, con el paso
del tiempo, aprendimos a soportar la corriente, para poder estar tranquilos con
las otras piedras, cuando por fin aprendimos a ser amables.
Somos duros, sí, porque lo que es duro,
tiende a permanecer más tiempo y nos gustaría ser indestructibles; pero aunque
fuéramos hechos de la roca más dura que exista en este mundo, un líquido como
lo es el agua, puede transformar nuestro rostro amorfo, transformado por la
furia de no sé qué motivo, hasta volvernos más amables. Otros pisarán seguros
sobre nosotros, y tal vez sin que siquiera nos demos cuenta de ello. ¿Y si no
fuera así?; bueno hay piedras que nunca aprenden a vivir con otros semejantes a
ellos, que nunca permiten a la vida pasar amablemente a través de su
existencia; porque sólo tienen una cara amorfa por un motivo incomprendido por
los demás, incluso, por ellos mismos; son sólo piedras peligrosas y
posiblemente muy inútiles. Sólo son estorbos para otros en el camino.
“Para existir en un universo lleno de
oscuridad, es necesario crear luz propia; sí tienes luz propia, intenta
iluminar el universo”, (filosofía solar)
Me alejé tanto de todos, de todo; porque no
creí en sus historias, sus cuentos de vidas mejores, sus cielos prometidos, ni
siquiera en sus infiernos. Me alejé tanto de sus motivos para existir que
inventé mis propios motivos para existir; ya no eran los motivos de los otros;
me alejé tanto de los ríos de la vida que nos van transformando y de las
piedras redondas ya domesticadas o educadas al igual que de las amorfas y
peligrosas; me alejé de los cristales completos al igual que de los rotos; me
alejé de la furia sin motivos suficientes, así como de la alegría que no se
puede justificar; esa que en ocasiones nos envuelve; me alejé tanto de tantos y
de todo que ya no había más luz que seguir y tuve que crear mis propios
“porqués”, mi propia luz… así fue como perdí mi propia sombra (así le pasó al
sol).
“Recuerdo las palabras de mi maestro de
inglés, el maestro Palacios, cuando le pregunté -¿y usted cree en Dios?- me
miró con sus rostro ya muy cansado por los años y sus ojos que a pesar de sus
lentes de aumento, veían muy bien; tan bien que tenían la capacidad de ver y
entender el alma de sus alumnos –Sí, creo en mí- fue la enseñanza más valiosa
que me dejó la secundaria y que marcaría mi destino. Así que acepté mi destino;
de alguna manera sabía que algo dentro de mí, era diferente y que mi deber era
no ocultar esa diferencia; pensar así es arrogante, es como tratar de acentuar
las diferencias que tengo con las diferencias de los otros; pero no es así,
porque ya de por sí, todos somos diferentes; entonces ¿por qué tratar de hacernos
parecer iguales?, ¿por qué ese afán de cortar las alas, de romper sueños?, ¿por
qué amurallar caminos, en vez de acompañarnos en ellos?; pero la humanidad poco
entiende de eso.
Había una vez…
Había una vez un viejo pescador que tenía a
su cargo a un joven aprendiz, a quien le enseñaba los secretos del oficio de
ser pescador; preparar las redes, dirigir el timón, leer las nubes, encontrar a
los peces y otros secretos que fueran necesarios para poder vivir del oficio.
El viejo pescador también compartía sus alimentos y sus sueños con su aprendiz;
a quien consideraba su amigo. Uno de sus sueños era ahorrar para poder comprar
un barco nuevo, más grande y veloz que el viejo barco que le había servido por
tantos años. El joven aprendía los secretos del oficio y trabajaba duro al
igual que el viejo para poder ver realizado sus sueños. Así paso el tiempo y
por fin llegó el día, cuando maestro y discípulo, veían por fin realizado su
sueño; ya les habían entregando el barco nuevo, cuando algo pasó; frente a sus ojos,
la nave empezó a arder sin que nadie pudiera evitarlo hasta convertirse en
cenizas y al final, se hundió. El aprendiz no podía entender qué pasó; se lleno
de odio y de frustración “tanto trabajo para nada, tanto tiempo perdido”, ¿por
qué siempre debemos de tener tan mala suerte?; el viejo pescador se había
quedado mudo frente al suceso; de repente empezó a reír, y después más fuerte.
El joven lo miró con ojos de tristeza “Pobre viejo, se volvió loco”; al ver la
mirada de incomprensión en su alumno, le dijo “No comprendes, podemos empezar
todo otra vez”…
Tal vez lo más difícil que podemos aceptar
es que todos los días estamos creando y quemando sueños, al mismo tiempo que
vivimos y luchamos por ellos; que todos los días estamos sujetos a aprender cosas
que nos hagan mejores; que hagan de lo que nos gusta hacer, un oficio para
vivir; que en ocasiones también debemos ser como el viejo pescador que enseña a
otros a vivir entendiendo las señales de la vida; a leer los problemas y
aprovechar las oportunidades; a compartir nuestros alimentos y disfrutar de la
compañía, aunque al final, pueda pasar que frente a nuestros ojos se hunda el
mejor de nuestros sueños; y lo más difícil de entender, es que no importa si
somos hombres o mujeres; puesto que todos podemos ocupar en cualquier momento,
el lugar de alguno de los dos personajes de la historia.
El sol, ese sol que ya estaba desde antes
que yo naciera, nos enseña que nace todas las mañanas y muere todas las tardes
solo; realizando su labor, su destino o su sueño, sin siquiera juzgar nuestros
actos de todos los días, sin siquiera hacer distinciones de pobres o ricos; de
buenos o malos; de hombres o mujeres. No sería mejor para todos simplemente,
como lo hace el sol de todos los días, que hagamos lo que nos toca hacer sin
tener que pensar si es justo o no nuestro destino, sin justificarnos porque no
es lo que queríamos, y no sólo nos quedemos con la tristeza provocada por un
destino inevitable, no quedarnos con el mal sabor de boca que trae consigo
algún fracaso, quemar el mejor de nuestros sueños y simplemente “volver a
empezar todo otra vez”; tal vez esto pasa porque, sin importar nuestra edad, nos
falta mucho por aprender.
Joaquín Torres
Pérez
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