El tragón
Levanta lentamente la
cabeza de entre sus brazos cruzados, sus ojos se ven enrojecidos de un dormir
forzado; reflejan molestia de interrumpir su sueño. Ve hacia su alrededor
buscando en quien descargar su mirar, su odio acumulado y nuevamente se recarga
sobre sus brazos, esperando; esperando ¡nada!…
Dormir y comer, comer y dormir; esa es
su rutina de todos los días a la cual continuamente le agregaba su toque
personal de odio, un odio impertinente, sin dirección, sin pretextos, sin
motivos; un odio ofensivo, y después del odio… ¡comer!; sólo piensa en comer,
sin que le importe la enorme barriga que ya tiene. No tiene orgullo ni
llenadera; no piensa como nosotros; no sé si sueñe o que sueñe; o si sea capaz
de recordar algo, poco o nada.
¡Es un niño que sólo piensa en comer y
en dormir!; aunque, algunas veces se le olvida su rutina; se le olvida quien es
y en su rostro aparece una sonrisa que comparte fácilmente; entonces es
agradable porque se le olvida la cara de odio que siempre carga; pero no dura
mucho el pequeño milagro (porque de por sí los milagros no duran mucho), y
nuevamente las groserías “gratis” para todos; y nuevamente el odio y el hambre,
siempre sintiendo hambre; sin que se pudiera vislumbrar un cambio a futuro. Y
por eso, había que cuidarlo; y hasta podemos justificarnos “Es por su bien”;
“Si no, no deja de comer”. Si no comía, odiaba más; era una fábrica de odio
generosa que se repartía entre los que no sabíamos.
Sí, yo no sabía, no entendía el “porqué”;
pero cuando él repartía su odio contagioso, no tenía más remedio que odiar y lo
odié. Sí; lo odié a él, a su no entendimiento, a su necedad, a sus escupitinas
y arañazos que acostumbraba lanzar a diestra y siniestra, y odié a “Dios” y a
lo inevitable de su existencia porque… ¡Porque no sabía!... y luego… ¡Me
arrepiento!; pero no niego que a veces me da por pensar que si muriera, todos
descansaríamos; ¡hasta él!...y luego… ¡Me arrepiento!; porque ahora, ¡ya sé!;
él no tiene la culpa, ni “Dios”, no otros, ni nadie; simplemente pasó, y pido
perdón porque a veces es necesario pedir perdón; porque probándonos con él;
compartiendo el espacio con él; aprendemos a respetar a la gente que es
diferente y hasta en ocasiones, menos afortunada que él; y que tampoco tienen culpa,
simplemente fue algo que les pasó.
A veces pienso que él se comió toda la
maldad que nos tocaba; que la vio como un gran mangar (irreal), como a veces se ve la maldad; y
teniendo hambre se la comió. Se la “tragó” toda; dejándonos sólo migajas y por
eso, nosotros también somos diferentes a él y a muchos; por eso creo que el
mayor de mis hermanos tiene esa enorme panza; por “tragón”; o a lo mejor sí
sabía que ese “manjar” era la maldad que nos tocaba entre todos, y que le haría
daño comer tanta; pero prefirió eso a permitir que nosotros tuviéramos más
maldad de la necesaria; prefirió sacrificarse y no permitió que nosotros
sufriéramos por esa maldad.
Dicen que mi hermano, el mayor, fue
victima de la ineptitud del médico; que casi muere asfixiado al nacer porque
tardo mucho en salir; quizás tardó en salir cuando nació porque todavía no
terminada de comer la maldad que nos tocaba… ¡Quién sabe!...
Joaquín
Torres Pérez
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