Monólogo
“Quisieras que nadie te tocara”; que nadie
te viera o supiera de ti; quisieras qué, con sólo tapar tus ojos con las manos,
escaparas de todos y de ti. Sientes como tus manos te abrazan como quisieras
que alguien lo hiciera; te abrazan y te acarician como quisieras que una sola
persona lo hiciera, pero sabes que no pasará. Cierras tus ojos y no sirve…
Psss… ¿Por qué miento?; ¡por qué engaño a todas horas y a todas gentes?,
¡si yo no quiero ser una mentira andando!; ¿Por qué hay tanto dolor alrededor
mío?...
(Te vuelven a abrazar tus manos, pero ahora
inconcientemente; necesitas protección, pero sólo tienes tus manos… no bastan)
Subes a tu azotea y quisieras que fuera la cima del mundo; es medio día,
no llueve, no hay nubes, no hay nadie y te acuestas en el techo de la casa boca
arriba, extiendes pies y manos; cierras los ojos y “miras” un fondo
rojo-naranja “cálido” y ya no escuchas nada de lo que no quieres oír, sólo oyes
atento el sonido del aire; sientes que tu cuerpo pierde peso, sientes cierta
inseguridad y crees que el techo se mueve, que se eleva para ser la cima del
mundo; “tu mundo” y sonríes… apenas.
Tantos cambios, tan lentos que parecen eternos; tan rápidos que no te
dejaron ver todo; tan indeseables, tan necesarios. ¡Ya eres un adulto!, pero no
lo aceptas, no lo quieres y rechazas todo; pero te obligan a verte al espejo y
luego ¿qué?... ¡Nada!...
Tienes los ojos cerrados “viendo” una pantalla rojo-naranja por estar
ante ese sol que quema acariciando; ese sol que está ahí todo el tiempo; ahora oyes
el chillar de los pájaros, oyes otro ruido; no es nada, el viento “quizás”.
¡No!, es tu nombre a lo lejos, muy lejos tu nombre; mezclado en un murmullo de
hojas, ahora sobresale y se escucha más fuerte. Nadie te llama pero oyes tu
nombre; aun la cima del mundo no basta; no es lo más alejado… No es nadie y lo
sabes, pero debes bajar de la “cima” del mundo (el techo); del lugar donde no
haces daño (no mientes); del lugar donde estabas seguro (no te mienten). Bajas
y ves a todos, nadie te llama pero todos te buscan; no lo dicen; quieren robar
tu magia pero no lo dicen, “mejor”; tampoco al rey de los mentirosos le gustan
las mentiras. Callas porque es lo único que te queda; sonríes porque a la gente
le gusta que sonrías y luego… ¡Nada!...
No eres tu mismo, sino la fantasía de otros o de todos; lo que todos ven
“otra mentira más”; ¡Qué más da!...
¡Abrázame!; ¡Qué tengo los brazos caídos!…
(Gritas para ti muy adentro)
¡Abrázame!;
¡Qué tengo los brazos vencidos!... (Gritas y nadie te oye)
¡Abrázame por piedad!; ¡Qué tengo los
brazos heridos!... (¡Nada!...)
No hay nadie; también tú has sido poseído por una mentira de tu
imaginación; creíste que había alguien y no hay nadie.
¡Abrázame!; ¡Sólo abrázame!... (No había ni
habrá absolutamente nadie; nadie te escucha ni te escuchará. Eres un adulto y
tienes lo necesario; dos manos, y no lo olvides; nadie te escuchará…)
Joaquín Torres Pérez
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