lunes, 4 de noviembre de 2013


El moustruo

(El monstruo)

 

A penas se escuchaba un leve sonido de pisadas (que no eran); el acercarse de “algo” que dejó sentir su presencia, cuando los “niños” que caminaban por ahí; al verlo y casi sin sentir; empezaron a decir “el moustruo”; sí, “el moustruo”, y todos volteaban para mirar cómo se movía torpemente, o mejor dicho, cómo apenas se movía. Trataba de expresar algo, parecía una especie de sonrisa; pero ésta, difícilmente se dibujaba en sus labios…

       ¿Quién es el moustruo? (sonreía para sí y se preguntaba de nuevo), ¿quién es el moustruo?; su cuello en un afán de coordinarse, hizo un movimiento que le permitió a sus ojos revisar las cercanías, sin lograr acertar con la figura del “moustruo” que todos pregonaban. Sus oídos escuchaban que los niños seguían gritando “el moustruo”, “el moustruo”; pero él se había esforzado y no lo había descubierto; hasta que las manos de los niños, no sé si por temor o con maldad, empezaron a señalarlo…

       ¿Yo soy el monstruo?, ¿POR QUÉ?, ¿por qué soy yo el monstruo?; y después empezó a sentir las agresiones; “piedras” que se estrellaban en su cuerpo “aparentemente” deforme. Todas las miradas que lo despojaban de sus vestiduras tan delgadas. “Piedras”; o como piedras muy filosas que no cortaban sus carnes; pero producían un dolor intenso. ¿Por qué?, ¿por qué me hacen esto?; ¡YO NO QUIERO SER EL MONSTRUO!...

       De repente un niño, no sé porqué, se acercó al monstruo y gritó “¡DEJENLO!, ¡Él no es un monstruo!; y todos quedaron en silencio. “¡Él es igual a nosotros!; ¿qué no ven que tiene ojos?; ¡era cierto!, tenía un par de ojos qué miraban igual que cualquier otro par de ojos; o aún mejores, sin la maldad punzante de muchos ojos, o el mirar engañoso de los ojos traicioneros; ¡NO!, éstos ojos ocultos -quizás- bajo gruesos cristales; protegidos –quizás- ; no tenían ese brillo de maldad de la mayoría…

       ¿Qué no ven que tiene nariz?; sí, una nariz normal o como la mayoría de las narices; ¿y su cabello y su cara no son normales?; era verdad; eran normales o “casi” normales. “Es cierto”; “Él no puede moverse como nosotros porque no fue su destino; pero eso no lo hace diferente”-había que ver el cuadro- era otro niño en una silla de ruedas; sus manos y sus pies delgadísimos; tanto, que no respondían a los movimientos que él hubiera deseado hacer para salir de su eterno trasporte; sí acaso, sólo le permitían avanzar lentamente por los corredores o por las calles únicamente con las puntas de sus pies y sus manos apenas podían apresar con gran dificultad una pluma o un lápiz para más o menos escribir.

       “Él piensa igual que nosotros y tiene el mismo deseo de superarse, o aún mayor que nosotros”; “Él no es un monstruo”; “es más; Él no nos lastima como nosotros lo herimos con nuestra lástima o con nuestra repugnancia”. Cuando dijo esto, de pronto, los que miraban ya no vieron al monstruo ni al niño que lo defendía; todos vieron a dos hombres, y poco después, todos los “niños” dejaron caer sus piedras (que no eran) y crecieron; poco tiempo después, me di cuenta que los “niños” ya no estaban, habían desaparecido y por las calles caminaban gente adulta, sin molestar a nadie –casi toda- quizás porque aunque en ese momento los “niños” desaparecieron; hay que recordar que como “niños” es nuestra primera forma de mirar.

 

 

 

 

 

Joaquín Torres Pérez

      

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