El
moustruo
(El monstruo)
A penas se escuchaba un leve sonido de pisadas (que no eran);
el acercarse de “algo” que dejó sentir su presencia, cuando los “niños” que
caminaban por ahí; al verlo y casi sin sentir; empezaron a decir “el moustruo”;
sí, “el moustruo”, y todos volteaban para mirar cómo se movía torpemente, o
mejor dicho, cómo apenas se movía. Trataba de expresar algo, parecía una
especie de sonrisa; pero ésta, difícilmente se dibujaba en sus labios…
¿Quién es el moustruo?
(sonreía para sí y se preguntaba de nuevo), ¿quién es el moustruo?; su cuello
en un afán de coordinarse, hizo un movimiento que le permitió a sus ojos
revisar las cercanías, sin lograr acertar con la figura del “moustruo” que
todos pregonaban. Sus oídos escuchaban que los niños seguían gritando “el
moustruo”, “el moustruo”; pero él se había esforzado y no lo había descubierto;
hasta que las manos de los niños, no sé si por temor o con maldad, empezaron a
señalarlo…
¿Yo soy el
monstruo?, ¿POR QUÉ?, ¿por qué soy yo el monstruo?; y después empezó a sentir
las agresiones; “piedras” que se estrellaban en su cuerpo “aparentemente”
deforme. Todas las miradas que lo despojaban de sus vestiduras tan delgadas.
“Piedras”; o como piedras muy filosas que no cortaban sus carnes; pero
producían un dolor intenso. ¿Por qué?, ¿por qué me hacen esto?; ¡YO NO QUIERO
SER EL MONSTRUO!...
De repente un
niño, no sé porqué, se acercó al monstruo y gritó “¡DEJENLO!, ¡Él no es un
monstruo!; y todos quedaron en silencio. “¡Él es igual a nosotros!; ¿qué no ven
que tiene ojos?; ¡era cierto!, tenía un par de ojos qué miraban igual que
cualquier otro par de ojos; o aún mejores, sin la maldad punzante de muchos
ojos, o el mirar engañoso de los ojos traicioneros; ¡NO!, éstos ojos ocultos
-quizás- bajo gruesos cristales; protegidos –quizás- ; no tenían ese brillo de
maldad de la mayoría…
¿Qué no ven que
tiene nariz?; sí, una nariz normal o como la mayoría de las narices; ¿y su
cabello y su cara no son normales?; era verdad; eran normales o “casi”
normales. “Es cierto”; “Él no puede moverse como nosotros porque no fue su
destino; pero eso no lo hace diferente”-había que ver el cuadro- era otro niño
en una silla de ruedas; sus manos y sus pies delgadísimos; tanto, que no
respondían a los movimientos que él hubiera deseado hacer para salir de su
eterno trasporte; sí acaso, sólo le permitían avanzar lentamente por los
corredores o por las calles únicamente con las puntas de sus pies y sus manos
apenas podían apresar con gran dificultad una pluma o un lápiz para más o menos
escribir.
“Él piensa igual
que nosotros y tiene el mismo deseo de superarse, o aún mayor que nosotros”;
“Él no es un monstruo”; “es más; Él no nos lastima como nosotros lo herimos con
nuestra lástima o con nuestra repugnancia”. Cuando dijo esto, de pronto, los
que miraban ya no vieron al monstruo ni al niño que lo defendía; todos vieron a
dos hombres, y poco después, todos los “niños” dejaron caer sus piedras (que no
eran) y crecieron; poco tiempo después, me di cuenta que los “niños” ya no
estaban, habían desaparecido y por las calles caminaban gente adulta, sin
molestar a nadie –casi toda- quizás porque aunque en ese momento los “niños”
desaparecieron; hay que recordar que como “niños” es nuestra primera forma de
mirar.
Joaquín Torres Pérez
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