“DESNUDO”
Ayer soñé que despertaba; que me vestía, tendía mi cama y
arreglaba ligeramente el cuarto (como de costumbre); parecía un día normal;
pero al verme al espejo con la intención de arreglar el cabello desordenado, me
vi desnudo ante el espejo. Lo primero que hice fue refregarme los ojos y ver
nuevamente al espejo; pero nuevamente me vi desnudo… Revisé si realmente me
había vestido, y sí; tenía mis ropas puestas, estaban normales o como
acostumbro; un poco sucias y arrugadas pero normales. Vuelvo a mirar al espejo
y nuevamente refleja mi imagen sin ropa.
Al principio,
pasada la sorpresa, me dio risa; me parecía cómica la situación, luego empecé a
mirar bien mi cuerpo, lo desarrollé bien; buena línea, peso y tamaño (mirarme y
ver que estoy sano, me hizo sentir bien, quizás porque con tantas prisas no le
pongo la atención necesaria a mi cuerpo); pero después empecé a sentir temor,
un temor pequeño al principio que creció; ¿qué pasará cuando salga a la calle?,
¿qué dirá la gente?... Y me imaginé cómo gritarían “MIREN A ESE QUE VA
DESNUDO”, “EXIBISIONISTA”, “LOCO” e imaginé que además de gritarme me
insultarían... Me sentí temeroso, vulnerable y débil; ¿sería posible que me pasara
todo eso?...
Me armé de valor
y decidí salir; sería imposible que me quedara todo el día encerrado; caminaba
o trataba de caminar normal, nada había cambiado afuera o por lo menos parecía un día normal y
me sentí aliviado, pero al pasar cerca de un cristal el reflejo de mi imagen
nuevamente era mi cuerpo desnudo. Traté de no mostrar mi nerviosismo y seguí
caminando; al encontrar a los primeros transeúntes no pude ver sus rostros, una
especie de máscara como “careta” cubría sus rostros; tampoco podía decir si
eran blancos, negros o morenos porque ningún color encajaba y sus rostros tenían la mirada perdida; no expresaban nada,
hasta su caminar tenía un taconeo rítmico, parejo y sin prisa...
Lo que me
pareció más extraño fueron sus ropas; no pude precisar de que material eran sus
ropas; no eran de algodón o poliéster o algún tipo de lana o alguna otra tela
que pudiera describir; y sus colores cambiaban de tonos, lo que impedía que
pudieran ser definidos; sólo podría decir que había variación de tonos; de más
claros a más obscuros y algunos, los más nefastos, eran combinaciones
sicodélica de obscuridades. Por su caminar pude darme cuenta que no se
percataron de mi desnudez o siquiera acaso de mi presencia; así que, seguí mi
camino pensando en el “porqué” de lo que me pasaba sin encontrar respuesta; fue
entonces cuando oí varias voces conocidas que me llamaba; era un grupo de
amigas y amigos que me vieron y me hablaron para saludarnos.
Al voltear a
verlos para reconocerlos, pude ver sus rostros sonrientes y por supuesto, vi
sus “ropas”; vestían una especie de ropa interior de colores claros, incluso algunos
eran blancos. Todos ellos (amigas y amigos) estaban en ropa interior y, a pesar
de eso, no pude sentir ninguna sensación de deseo amoral o de crítica (tampoco
pude explicarme el “porqué” en ese momento). Los conocía de años atrás, de
cuando éramos niños, de cuando nos divertíamos corriendo y jugando entre los
pastos y charcos; con los perros, piedras o palos o cuando contábamos con la
fortuna de poseer una pelota y correr como locos tras de ella sin importarnos
quien perdía o quien ganaba, o cuando en las mañanas, camino a la escuela,
podíamos seguir en los campos (por donde teníamos que pasar) las huellas de
pájaros y lombrices madrugadores. Era un tiempo de niños; cuando no nos
importaban nuestros pies desnudos, ni nuestras ropas remendadas o sucias para
poder ser amigos; sólo había que tener ganas de jugar cualquier cosa que se nos
ocurriera y tratar de ser felices.
Desperté cuando
la luz del día me anunciaba su inicio; me quedó una sensación extraña, una
inquietud del “porqué” de mi sueño y encontré una explicación: Esa desnudez en
mi reflejo era lo que conozco de mí, lo que sé de mis limitaciones y mis
posibilidades y aunque quiera, sé que no me puedo mentir; cuando salí a la
calle y me encontré con la gente de diario, la inevitable gente de todos los
días y que vayas donde vayas estarán presentes, a lado nuestro y sin conocernos
ni por error; esa gente que quizás te sonría (si te sonríen) o te hablen (si te
hablan); pero aunque la veas todos los días; no la conoces y por lo mismo
podrían mentirte y lastimarte. En algunas ocasiones, hasta es posible sentir su
maldad y la mayoría de las veces se visten muy bien, de mentiras (aunque te
sonrían); es el instinto el que en ocasiones te salva de esas gentes y a veces
ni siquiera el instinto te salva…
Y por último mis
amigos; ¡Ah!, ¡Mis amigos!; algunas veces tiene uno la suerte de poder reír tan
bien; sanamente, corriendo en los recreos, escogiendo novias entre las niñas
(claro, sin que ellas lo supieran). Nuestra niñez fue un tiempo en el que
fuimos felices y andábamos “desnudos” de mentiras o maldades que nos hirieran,
estábamos en un mundo más sensible y disfrutable. Cuando los encuentro, puedo
sentir nuevamente esa sencillez que conocí; como si al vernos nos quitáramos
por un momento lo sucio que nos cubre de lo que aprendimos, y nos pudiéramos
mostrar nuevamente semidesnudos; a pesar de los años que han pasado y de lo que
pueda opinar la gente.
Joaquín Torres Pérez
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