lunes, 4 de noviembre de 2013


“DESNUDO”

 

Ayer soñé que despertaba; que me vestía, tendía mi cama y arreglaba ligeramente el cuarto (como de costumbre); parecía un día normal; pero al verme al espejo con la intención de arreglar el cabello desordenado, me vi desnudo ante el espejo. Lo primero que hice fue refregarme los ojos y ver nuevamente al espejo; pero nuevamente me vi desnudo… Revisé si realmente me había vestido, y sí; tenía mis ropas puestas, estaban normales o como acostumbro; un poco sucias y arrugadas pero normales. Vuelvo a mirar al espejo y nuevamente refleja mi imagen sin ropa.

      Al principio, pasada la sorpresa, me dio risa; me parecía cómica la situación, luego empecé a mirar bien mi cuerpo, lo desarrollé bien; buena línea, peso y tamaño (mirarme y ver que estoy sano, me hizo sentir bien, quizás porque con tantas prisas no le pongo la atención necesaria a mi cuerpo); pero después empecé a sentir temor, un temor pequeño al principio que creció; ¿qué pasará cuando salga a la calle?, ¿qué dirá la gente?... Y me imaginé cómo gritarían “MIREN A ESE QUE VA DESNUDO”, “EXIBISIONISTA”, “LOCO” e imaginé que además de gritarme me insultarían... Me sentí temeroso, vulnerable y débil; ¿sería posible que me pasara todo eso?...

       Me armé de valor y decidí salir; sería imposible que me quedara todo el día encerrado; caminaba o trataba de caminar normal, nada había cambiado  afuera o por lo menos parecía un día normal y me sentí aliviado, pero al pasar cerca de un cristal el reflejo de mi imagen nuevamente era mi cuerpo desnudo. Traté de no mostrar mi nerviosismo y seguí caminando; al encontrar a los primeros transeúntes no pude ver sus rostros, una especie de máscara como “careta” cubría sus rostros; tampoco podía decir si eran blancos, negros o morenos porque ningún color encajaba y sus rostros  tenían la mirada perdida; no expresaban nada, hasta su caminar tenía un taconeo rítmico, parejo y sin prisa...

        Lo que me pareció más extraño fueron sus ropas; no pude precisar de que material eran sus ropas; no eran de algodón o poliéster o algún tipo de lana o alguna otra tela que pudiera describir; y sus colores cambiaban de tonos, lo que impedía que pudieran ser definidos; sólo podría decir que había variación de tonos; de más claros a más obscuros y algunos, los más nefastos, eran combinaciones sicodélica de obscuridades. Por su caminar pude darme cuenta que no se percataron de mi desnudez o siquiera acaso de mi presencia; así que, seguí mi camino pensando en el “porqué” de lo que me pasaba sin encontrar respuesta; fue entonces cuando oí varias voces conocidas que me llamaba; era un grupo de amigas y amigos que me vieron y me hablaron para saludarnos.

       Al voltear a verlos para reconocerlos, pude ver sus rostros sonrientes y por supuesto, vi sus “ropas”; vestían una especie de ropa interior de colores claros, incluso algunos eran blancos. Todos ellos (amigas y amigos) estaban en ropa interior y, a pesar de eso, no pude sentir ninguna sensación de deseo amoral o de crítica (tampoco pude explicarme el “porqué” en ese momento). Los conocía de años atrás, de cuando éramos niños, de cuando nos divertíamos corriendo y jugando entre los pastos y charcos; con los perros, piedras o palos o cuando contábamos con la fortuna de poseer una pelota y correr como locos tras de ella sin importarnos quien perdía o quien ganaba, o cuando en las mañanas, camino a la escuela, podíamos seguir en los campos (por donde teníamos que pasar) las huellas de pájaros y lombrices madrugadores. Era un tiempo de niños; cuando no nos importaban nuestros pies desnudos, ni nuestras ropas remendadas o sucias para poder ser amigos; sólo había que tener ganas de jugar cualquier cosa que se nos ocurriera y tratar de ser felices.

       Desperté cuando la luz del día me anunciaba su inicio; me quedó una sensación extraña, una inquietud del “porqué” de mi sueño y encontré una explicación: Esa desnudez en mi reflejo era lo que conozco de mí, lo que sé de mis limitaciones y mis posibilidades y aunque quiera, sé que no me puedo mentir; cuando salí a la calle y me encontré con la gente de diario, la inevitable gente de todos los días y que vayas donde vayas estarán presentes, a lado nuestro y sin conocernos ni por error; esa gente que quizás te sonría (si te sonríen) o te hablen (si te hablan); pero aunque la veas todos los días; no la conoces y por lo mismo podrían mentirte y lastimarte. En algunas ocasiones, hasta es posible sentir su maldad y la mayoría de las veces se visten muy bien, de mentiras (aunque te sonrían); es el instinto el que en ocasiones te salva de esas gentes y a veces ni siquiera el instinto te salva…

       Y por último mis amigos; ¡Ah!, ¡Mis amigos!; algunas veces tiene uno la suerte de poder reír tan bien; sanamente, corriendo en los recreos, escogiendo novias entre las niñas (claro, sin que ellas lo supieran). Nuestra niñez fue un tiempo en el que fuimos felices y andábamos “desnudos” de mentiras o maldades que nos hirieran, estábamos en un mundo más sensible y disfrutable. Cuando los encuentro, puedo sentir nuevamente esa sencillez que conocí; como si al vernos nos quitáramos por un momento lo sucio que nos cubre de lo que aprendimos, y nos pudiéramos mostrar nuevamente semidesnudos; a pesar de los años que han pasado y de lo que pueda opinar la gente.

 

 

Joaquín Torres Pérez

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